La manipulación informativa y la desinformación: La anomia de los receptores y el fomento de víctimas propiciatorias more |
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Universidad de Almería – Facultad de Humanidades Máster en Comunicación Social Almería, Reino de España
2011 Luis Miguel Romero Rodríguez LA MANIPULACIÓN INFORMATIVA Y LA DESINFORMACIÓN: LA ANOMIA DE LOS RECEPTORES Y EL FOMENTO DE LAS VÍCTIMAS PROPICIATORIAS Teoría de la Comunicación
lromero2021@gmail.com
Bajo la tutela del Prof. Dr. Jesús Baca Martín
“Hay épocas, hombres y acontecimientos de los cuales sólo la historia puede emitir un juicio definitivo; los contemporáneos y los testigos oculares únicamente deben referir lo que han visto y oído. La verdad misma lo exige” Tito Livio (59 AC- 17 DC)
LA MANIPULACIÓN INFORMATIVA Y LA DESINFORMACIÓN: LA ANOMIA DE LOS RECEPTORES Y EL FOMENTO DE LAS VÍCTIMAS PROPICIATORIAS Sumario: La sociedad como víctima propiciatoria de su propia manipulación. La cognición y la batalla por las percepciones. El discurso como herramienta de desinformación. De lo apocalíptico a lo integrado. Referencias.
Resumen: El artículo es una investigación fomentada como asignación de la cátedra “Teoría de la Comunicación” del Máster en Comunicación Social de la Universidad de Almería, bajo la tutela del profesor Jesús Baca Martín y que servirá de fundamento teórico para el tema de tesis doctoral del autor. El trabajo da una mirada a la actual sociedad como víctima propiciatoria de su propia desinformación. Asimismo pone en manifiesto y evidencia el manejo de los medios y del mensaje como elementos existenciales para una manipulación efectiva.
Palabras claves: manipulación, desinformación, sociedad de masas, batalla de percepciones, discurso.
Abstract: The present article is an investigation based on an assignation of the subject “Theories of Communication” included on the syllabus of the Master in Social Communication of Almeria University, under the revision of Professor Jesús Baca Martin and will be the theorical fundament for the doctoral thesis of the author. This work takes a look to the actual society as a victim, but also as a victimary, about its own disinformation. Also looks around the media´s message tergiversation as a fundament for an effective manipulation.
Key words: manipulation, disinformation, missinformation, mass society, battle of perceptions, speech.
Luis Miguel Romero Rodríguez: Licenciado en Comunicación Social y Abogado, Universidad Santa María –Barcelona, Venezuela; Bachelor on Arts Major in International Politics, Concordia University –Montréal, Canadá; Especialista en Derecho y Políticas Internacionales, Universidad Central de Venezuela – Caracas; Magister Scientiarium en Estrategias Comunicacionales, Universidad Santa María – Caracas, Venezuela. Cursante del Máster en Comunicación Social, Universidad de Almería – España. Periodista y Profesor del Centro de Estudios de Postgrado en Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB).
Desde el nacimiento del estudio de la comunicación como ciencia, se ha marcado con vital importancia un símil ontológico y epistemológico sobre las acepciones “comunicación” e “información”, prevaleciendo la teoría que cita que comunicar es un término con mayor abstracción y generalidad, aún incluyente del término informar, el cual es en sí una forma de comunicar pero con el requisito sine qua nom, que sea un acto volitivo humano, es decir, con intención y acuerdo social. Ya Aristóteles afirmaba que el fin de toda comunicación es persuadir –o en su uso negativodisuadir al interlocutor para conseguir el efecto deseado por la fuente del mensaje, que bien podría ser el emisor, en el papel de intérprete o decodificador-codificador del mensaje, como también la fuente primaria de información. La falta de objetividad e imparcialidad1 en toda comunicación humana, son dos dimensiones críticas en la calidad del producto informativo, lo que genera subsecuentemente falsas creencias en la masa receptora –o en modelos interpersonales en el receptor- conllevando así a posibles daños emocionales, físicos, financieros, entre otros (Fallis, 2010). Dicha desvinculación con la objetividad pudiere bien ser por error o por dolo2, es decir, encuentra su diferencia en la intencionalidad de la fuente informativa. Es entonces la manipulación informativa el objeto del presente trabajo, entendiendo a la misma como lo hace la definición de la Real Academia Española de intervenir con medios hábiles y a veces arteros en la política, en la sociedad, en los mercados, etc. Desinformar sería en consecuencia (mediante la manipulación informativa voluntaria, inequívoca y dolosa), el resultado deseado de un proceso que emplea trucos específicos ya sean semánticos, técnicos,
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Tomando en consideración ambos términos como acepciones distintas en español, pero englobadas en inglés con la definición de “accuracy” 2 El error, involuntario por antonomasia, es manejado con el concepto de “missinformation”, mientras el dolo persé es traducido al inglés “disinformation”, aunque esta última palabra sea de patente soviética nacida al calor de los servicios secretos, fue sacada a la luz por los servicios de defensa norteamericanos y franceses. De hecho, ya para 1952 la Enciclopedia Soviética definía a la desinformación como “propagación de informaciones falsas, con el fin de crear confusión en la opinión pública”. La palabra, aunque es de origen contemporánea, su práctica era ejercida ya desde el S. VI (AC), según se tiene en referencia histórica, en la obra de Sun Tzu “El Arte de la Guerra”, que dicta que “todo arte de la guerra se funda en el engaño (…) y el arte supremo de la guerra es someter al enemigo sin combates.
psicológicos; para engañar, mal informar, influir, persuadir o controlar un objeto 3, generalmente con el objetivo de obtener beneficios propios o ajenos (Ritter, 2007). La desinformación no sólo es comunicar voluntariamente ideas falsas para obtener un fin determinado del receptor, sino que conlleva consigo una planificación, premeditada y alevosa, un diseño semiológico y discursivo encaminado a trasponer el mensaje diseñado al comportamiento del receptor (Shultz & Giodson, 1984), luego del proceso de decodificación del mensaje – comúnmente denominado “significación” por algunos modelos interpretativos de la comunicación; además de prever el impacto positivo o negativo que dicho mensaje tendrá en el receptor, tomando en cuenta su campo de experiencia y referencia compartida, así como su escala de valores, necesidades, creencias, etc. La importancia que en el presente trabajo se le da a las distintas definiciones de la desinformación es para evidenciar que el lenguaje no es estático, las palabras, que son patrimonio de una comunidad, no mantienen inalterables sus significaciones, sino que se modifican en función de su uso (Rivas Troitiño, 1995) Ya algunos estudios del uso del lenguaje refieren que se le da tratamiento por igual a desinformación que a la transmisión de información falsa, tergiversación periodística, mentiras, interpretación errónea, engañosa o falaz (Isralson, 1988). Es entonces de entender que este análisis no se refiere al sentido amplio que le da la sociedad al término, ni mucho menos, a la tergiversación del mensaje periodístico o las mentiras4, sino por el contrario, busca escudriñar la relación sujeto-mensaje a través de los medios desde una perspectiva social e individual, apelando al comportamiento de las relaciones de poder (económico, político, eclesiástico, académico y social) con respecto a la construcción de una realidad socializada que no está vinculada a los intereses del colectivo, sino moldeada con el fin de mantener control y de constreñir al individuo a su propio autoconocimiento e identidad . (Foucault, 2001)
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El autor clasifica a los objetos como “concretos” – refiriéndose a personas y al Estado- o “abstractos” – pensamientos y percepciones. 4 La tergiversación periodística, involuntaria muchas veces, se comete por errores de confirmación de la información/fuente o por difusión de rumores, las mentiras carecen de planificación y diseño discursivo como elemento existencial de la desinformación y la interpretación errónea es producto de una falla en el receptor con respecto a la carencia de competencia comunicativa o ruido (semántico, físico o psicológico-cognitivo).
En este sentido, Durandín definió la desinformación de la siguiente manera: “… La cara negativa de la información. Un conjunto organizado de engaños, en una era en la que los medios de comunicación se hallan enormemente desarrollados (…)” (Durandín, 1995) El mundo actual está mediatizado, los receptores utilizan a los medios de comunicación como intermediarios entre la realidad y sus mentes, resultándose ser imposible contrastar el mensaje proporcionado con la realidad. Por supuesto, los medios crean la ilusión de “pluralidad” en el tratamiento informativo, de manera que el receptor no se detenga a pensar en que el trasfondo del tratamiento es exactamente el mismo, porque el discurso estuvo pensado y los medios cada vez más pertenecen a menos grupos; lo que cambia es la forma de presentarlo, es la escenografía del set, es la cortina sonora del fondo o el diseño tabloide o estándar, uso o no del color en la imprenta. Ya la Escuela Marxista de Frankfurt (Mills, Benjamin, Adorno, Horkhener), en especial la obra de Marcuse “El hombre unidimensional”, hace un enfoque crítico hacia los medios, advirtiendo en su obra que los mismos generan una alienación del hombre hacia el consumo. Allí se plantea entonces la tesis que los medios son utilizados por el poder para afianzar su status quo, con el fin de desviar a los ciudadanos de las preocupaciones que, verdaderamente, afectan sus vidas. (Marcuse, 1968). Partimos desde el principio que el ser humano necesita explicaciones para entender su propia realidad y lo que sucede en su entorno mediato e inmediato, aunque dicha realidad sea controlada porque quizás el hombre no pueda hacer frente a muchas dosis de realidad 5. Desde el despertar del interés de los académicos en la “Sociedad de Control” –con alusión a Lasswell, Dwight o Lazarsfeld- luego de la Primera Guerra Mundial, se ha entendido que vivimos en una sociedad mediatizada, que depende del “Agenda Setting” para comprender lo que sucede y lo que no. Se parte del postulado que esa “Agenda Setting”, no es bajo ninguna circunstancia una expresión clara de la realidad, sino por el contrario, la mayoría de las veces un extracto de esa verdad mesurada, una selección prudente para esos intereses, de las informaciones que se desean hacer
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Acuñado por T.S Elliot.
públicas, generando un sistema de jerarquías de esa agenda pública en la cual la agenda económica prevalece sobre la política, la de los medios y la social. La investigación parte entonces de una revisión bibliográfica para confrontar esa realidad social, en las que se plantean formas y categorías del poder simbólico por medio de procedimientos de desinformación, a la necesidad que tienen las esferas del poder de ocultar o reducir el impacto de las informaciones que les perjudican, siendo entonces el objeto específico puntualizar las responsabilidades, analizar la ética en los medios y fomentar la crítica y el debate en la sociedad actual. La dimensión social de la manipulación y la desinformación se examina en términos de abuso de poder por las élites simbólicas que tienen acceso preferencial al discurso público y manipulan el pensar colectivo a favor de sus propios intereses. (Van Dijk, 2006) Teun Van Dijk analiza el proceso de la manipulación informativa mediante una triangulación de discurso, cognición y sociedad6. La manipulación informativa y por ende, la desinformación, presupone un abuso de poder, por su capacidad de acceso al podio discursivo social, para usarlo con el fin de ejercer una influencia ilegítima sobre la Opinión Pública. En contraparte, citando a Foucault, desde Kant, el rol de la filosofía es prevenir a la razón de ir más allá de los límites de lo que es dado en la experiencia y mantenerse atenta a los abusos del poder de la racionalidad política, sumergida en un contexto cognoscitivo manipulado, donde las propias barreras de lo que está bien o está mal son premeditadas por el poder y vendidas en empaques sellados al vacío como información y educación para el consumo de esa sociedad receptora de un sinfín de signos y estereotipos sociales que, con alevosía, se disponen para ello y que su incumplimiento puede devenir en una clara coacción de estigma social o incluso, legal mediante los mecanismos de coerción de las instituciones.
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Se necesita un enfoque analítico discursivo-semiótico porque la mayor parte de la desinformación se difunde mediante textos o la palabra hablada –excluyendo del análisis la manipulación audiovisual/gráfica; por ser el fin último de la desinformación la manipulación de las mentes de los receptores, se trata de un proceso cognitivo y por tratarse de una forma de interacción poder-súbditos, se triangula en uno de los vértices su dimensión social.
La sociedad como víctima propiciatoria de su propia manipulación La dimensión social cobra un papel fundamental en la eficacia de la desinformación y la manipulación informativa, siguiendo la tesis que primeramente se exige tener acceso a las fuentes de difusión de información –medios de comunicación de masas, actos parlamentarios, textos académicos y/o literarios- lo que hace entender que sólo una élite social puede desinformar, mientras que el resto, generalmente receptores pasivos e inertes del mensaje, se convierten en simples motolitas del proceso comunicativo. Sobre el juicio moral de esta interacción, legítima por su naturaleza pero ilegítima por sus efectos7, no sólo la práctica de la desinformación transgrede y conculca el derecho más fundamental del hombre como lo es el de obtener información veraz; sino que el simple hecho de manipular el mensaje con el fin de que el receptor opere de una forma distinta a la que haría, basado en información incorrecta o imprecisa, conlleva a rememorar los fundamentos filosóficos y morales de una sociedad justa y de los principios éticos del discurso. Para profundizar sobre esa dimensión social, tenemos que analizar obligatoriamente entonces la situación económica del mundo actual, bajo el esquema del “pensamiento único” y del “medio como empresa” (Rubido, Aparici, Díez, & Tucho, 2009). La globalización ha traído consigo la apertura de las barreras invisibles del mercado8, permitiendo sin legislación ni poder político de jurisdicción universal, que las pocas grandes empresas trasnacionales, multi-marcas, multi-productos, diversifiquen sus nichos, destruyendo el crecimiento y desarrollo de pequeños y medianos industriales – bajo el efecto del dumping- y creando sociedades de consumo, insostenibles, por una arista, y por la otra, grandes concentraciones de capitales que tienen una gigantesca influencia sobre el poder político, no sólo en sus países, sino en jurisdicciones internacionales. Inclusive, en la misma arena de los grandes capitales internacionales, las gigantescas empresas adquieren empresas trasnacionales más pequeñas –por ejemplo la compra de Columbia Pictures
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Ya que generalmente los receptores son quienes les otorgan el poder a esas élites, se constituye en una interacción legítima por naturaleza, bajo el esquema de la comunicación y ejercicio del poder lineal descendente, pero por el resultado o efecto de manipular, convierte a unos en victimarios y otros en víctimas “propiciatorias”, por lo que crea la ilegitimidad del efecto. 8 Por ende de las fronteras e inclusive con cesiones de soberanía en aspectos propios de los Estados.
por parte de Sony, el caso del joint venture interno de MSN y NBC o más cercana adquisición de La Sexta por parte de Antena3 TV-. Como consecuencia inmediata a estos acontecimientos, la industria de los medios de comunicación –que subsiste y se alimenta de la inversión publicitaria, sobre todo de los grandes capitales internacionales- comienzan a tener uniformidad de los contenidos, creando de esta manera en los receptores un “pensamiento único” inadvertido, el cual sigue un guión exacto que fomenta una sociedad de consumo, así como un vórtice de una espiral del silencio, donde el consenso viene impuesto de una jerarquía que toma la sociedad como una decisión propia. Sin embargo, la Opinión Pública no está ajena a lo que sucede, pero ve como irremediable esa cadena de sucesos, convirtiéndose desde el mismo inicio, en víctimas propiciatorias de su propia oscuridad9, llevándola a través de un laberinto de Creta a un patíbulo de manipulación informativa y desinformación. Allí, ya sobre las tablas del patíbulo, es donde el individuo comprende que ha sido atrapado en su propia historia y que, parafraseando a Foucault, el poder categorizó al individuo, lo marcó por su propia individualidad, le impuso una ley de verdad que él tiene que reconocer y que a su vez, otros deben reconocer en él. Esa élite económica que controla, a través de jugosos contratos publicitarios, el sesgo y la línea editorial del medio, le interesa crear percepciones – ya entrando en el campo cognitivo- sobre replantear a la sociedad su way of life: sus conductas, sus hábitos de consumo y preferencias; pero a su vez, necesita controlar a los entes permisivos de su propia actividad y darle estabilidad o crear inestabilidad a las instituciones Estado, según su propia conveniencia. Todo esto se hace con la mirada complaciente y el silencio cómplice de la Opinión Pública, aceptando esta nueva convención social como válida, creando un nuevo orden mundial, pero a la vez instaurando el caldo de cultivo para convertirse más adelante en víctimas de los sistemas de desinformación, bajo lo que otrora la politólogo alemana Noelle-Neumann denominara y clasificara en su obra “La espiral del silencio”. Esta espiral, presupone la existencia de un ente de jerarquía que ejerce un control sobre la Opinión Pública y que guía sus comportamientos y actitudes, so pena de incumplir, de convertirse en un individuo socialmente aislado, sancionado moralmente por ser contrario a la
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Acepción usada en este trabajo como antónimo de “luz”, refiriéndose al conocimiento
percepción del enfoque mayoritario. Por esta razón, existe un miedo inadvertido y colectivo a la rebelión, al ir en contra de ese pensamiento planificado, ya que el interlocutor intenta primero identificar las ideas para luego sumarse a una opinión consensuada socialmente (NöelleNeumann, 1995), pero que no es más que el reflejo de lo ya mediatizado y puesto a la orden del clima de opinión, previo estudio de las matrices de reacciones colectivas por medio de “globosondas” informativos. Por eso, uno de los instrumentos más vitales para combatir la desinformación y la manipulación informativa es crear en la sociedad un sentido crítico-analítico sobre la “realidad social” y la “realidad mediática”, en el claro entendido que toda decisión individual es social por naturaleza y que el efecto de lo individual sólo trasciende en el plano social. (Fernández Ramírez, 2011) La sociedad tiene primeramente que preguntarse con respecto a la creencia sobre nosotros mismos, por muy preciadas que nos resulten, ¿debemos juzgar a la razón? ¿son las cosas de verdad como las percibimos? Hay que advertir una tendencia que esté firmemente incorporada a nuestras estructuras del pensamiento y es poder separar la imagen mediática de la imagen real de las cosas. (Zubero, 1996) La manipulación de la cognición social conlleva a una afectación de la escala de valores que usa la masa receptora para evaluar los sucesos y condenar o legitimar las acciones. Por ejemplo, quienes abogan por la ideología de la libertad de mercado y el consumo, verán con mayor necesidad el valor “libertad” que otros como la propia “vida”. Su sistema de valores ha sido modificado para legitimar la libertad económica, de empresa, de mercados, como modo de vida, así como han sido “programados” para ubicarlos en un plano jerárquico mayor. En el caso de las acciones y amenazas al interés nacional, el discurso antiterrorista y patriótico siembra el valor de la “seguridad”, muy por encima de los derechos civiles elementales –no muy diferente al enfoque estudiado por Abraham Maslow en el modelo de estructuración de las necesidades(Doherty & McClintock). El lenguaje, por otro lado, se asume en este modelo para ser una sombra de la realidad que se expresa, el rol de la retórica, se convierte en manipular esa sombra para transmitir el significado subyacente de lo que no puede ser directamente evidenciado, interviniendo de esta manera en las acciones sociales subsecuentes en el mundo real. (Klumpp, 1997)
Lo anterior es visto como irrelevante en la cadena informativa, hasta comprender que las sociedades desarrollan estrategias para responder a las situaciones que enfrentan, tomando decisiones a partir de la información que reciben. (Mills, 1940) Ahora bien, es necesario advertir que la responsabilidad sobre el asunto en cuestión no es exacta ni plena, no apuntala ser remitida sólo hacia el poder, los medios o la sociedad. Para ello habría primero que entender que el concepto de responsabilidad individual o social, a su vez, es evasivo (Glover, 1970), ya que sólo en las ciencias jurídicas, el desconocimiento de la norma no es excusa de su incumplimiento. La doctrina aristotélica de la responsabilidad, discutida en base a la diferencia entre acciones voluntarias e involuntarias, entiende que un hombre no es responsable cuando un acto es referido por un agente externo. La ignorancia, continúa acotando, no es una causa de responsabilidad, pero tampoco de estar absuelto de la misma. (Aristóteles, 1999) La cognición y la batalla de las percepciones Adentrándonos a la segunda arista de la desinformación, como plantea Van Dijk, es necesario involucrar al proceso cognitivo de la memoria de corto plazo. Esta memoria, selectiva por naturaleza, plantea una mayor importancia a lo que atraiga mayor atención del receptor y sea de más fácil recordación –titulares de primera página, extras informativos, consignas, etc.En un contexto actual de saturación informativa, hay que prever la escotomización de los receptores, el mensaje debe ser diseñado de forma tal que el objetivo receptor pueda aislarse de ruidos comunicacionales e inclusive, decida entre la sobresaturación de información, captar la que aparenta ser de mayor interés para el emisor. Un fenómeno que ocurre en la actualidad, pero que viene in crescendo con más auge en la primera parte del siglo XXI, es la inutilidad informativa como medio de desinformación. La era digital ha permitido, para bien o para mal, que el individuo replantee sus formas de comunicar e interactuar, e inclusive de estar informado, convirtiéndose en consecuencia en un receptor pasivo multitasking, desinteresado por los aspectos que le conciernen y más afectado por las noticias
accesorias que por la principal10, pero que además hasta la misma labor periodística ha pasado de un diagrama de pirámide invertida a un ámbito de hipertextualidad y narrativa no lineal, sin cambiar el enfoque de apreciar las cosas, lo que mantiene el mismo paradigma informativo, sólo que ajustándolo a los nuevos receptores digitales. Es entonces, en la sociedad en que vivimos –ya comentado sobre la sobresaturación informativaque el interés de desinformar del emisor esté primordialmente dirigido a evitar que la Opinión Pública preste mayor atención a una información y por el contrario, atienda a otra, bajo la estrategia del impacto, el recall y la escotomización, generando a su vez ruido para la que quiere evitar.11 Los medios de comunicación de masas, como divulgadores y administradores/gestores de la información en una sociedad, juegan muchas veces con el tratamiento discursivo de dicha información que se desea ocultar, sea que el locutor o presentador habla con mayor rapidez, con oraciones complejas, ruidos físicos; presentando imágenes de los hechos que pueden beneficiar o no a la noticia, o en el caso de los medios impresos, desvincularse por “uso y modismo” de la estructura noticiosa de la “pirámide invertida”12 Por su parte, antagónicamente para los manipuladores, la memoria de largo plazo- en adelante denominada para esta investigación la memoria episódica- contiene elementos mucho menos alterables: conocimientos, actitudes, ideologías, experiencias. Es en esa memoria en la que se realiza un procedimiento de vinculación entre un discurso y un sistema complejo de cognición, pudiendo resultar ahí el mensaje en un ruido psicológico o cognitivo, e inmediatamente ser desechado por el receptor, al no existir similitudes, empatía de percepción, entre el contenido manipulado y el marco de referencia y el sistema de creencias, valores y moral de cada individuo.
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Esto ya había sido tratado por el filólogo canadiense Marshall McLuhan en “La Aldea Global”, cuando previó el nacimiento de un medio que permitiría la especialización por tópicos del interés de la masa pública, entendido como colectivo de individuos. Posteriormente, Alvin Toffler desarrolló el debate en “La Tercera Ola” 11 Esta estrategia de desinformación es comúnmente llamada “cortina de humo” o en inglés “wag the dog”. 12 Estructura básica de la noticia que reza que debe existir un lead que responda a las preguntas: ¿Qué sucedió? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Quién lo hizo? ¿Por qué lo hizo? (lexical/morfológico: complemento directo, complemento indirecto y complementos circunstanciales).
Por esta razón, el agente de desinformación debe conocer cabalmente la memoria episódica de su objetivo comunicacional (receptor), de manera de diseñar el mensaje de forma menos presionada a ese marco de referencias y experiencias y así lograr una mayor empatía del mensaje y una estabilidad en la competencia comunicativa. Si por el contrario, el mensaje que busca desinformar o manipular la información resulta contradictorio a ese sistema de referencias y experiencias de la Opinión Pública, la masa receptiva automáticamente no se solidariza con dicha intencionalidad del emisor y logra el efecto contrario.13 Por supuesto, la memoria episódica tiene por un lado un alto contenido subjetivo –lo que cada quien piensa sobre algo- por lo que entender que la Opinión Pública tiene la misma memoria episódica sería un error. (Van Dijk, 2006). Sin embargo, varios sociólogos y psicólogos han encontrado “representaciones sociales”, las cuales son memorias episódicas comunes entre individuos que conforman una misma sociedad. (Augoustinos & Walker). Las inferencias también afectan el valor informativo por lo que acto perlocutivo de la Opinión Pública será distinto. Las teorías del acto de habla (Searle, 1969); como referencia fundamental en la pragmática filosófica del lenguaje, entiende sobre la misma masa receptora su propia heterogeneidad, por lo que el marco de creencias compartidas, la memoria episódica, su sistema de valores, hará casi imposible que de una información no se realicen inferencias y por ende, la información cambie con relación al acto perceptivo. En este sentido, se ha estudiado a la comunicación de masas como una actividad conjunta, en la cual se requiere necesariamente como elemento sine qua nom, la participación de más de dos partes (Clark, 1996), por ende, no podríamos entonces hablar de una responsabilidad individual de la desinformación, sino de todos los factores que intervienen en el proceso. (Aune, Levine, Sun Park, Asada, & Banas, 2005)
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En este caso es importante recordar las declaraciones de José María Aznar sobre el acto terrorista del 11 de marzo de 2004, acusando a ETA del ataque – a los fines de justificar su política contra esa organización- que más adelante devendría en que Al Qaeda se atribuyera el hecho y la Opinión Pública sufragó en contra de su partido en las consiguientes elecciones.
De lo apocalíptico a lo integrado: La participación ciudadana y la educación de sentido crítico como claves para transformar la información en verdadera formación a la sociedad del conocimiento. “Participación es tomar parte personalmente, un tomar parte activo que verdaderamente sea mío, decidido y buscado libremente por mí. Así no es un formar parte inerte ni un estar obligado a formar parte. Participación es ponerse en movimiento por sí mismo. Es decir, requerimos de instituciones y organizaciones que permitan y enriquezcan la decisión y la responsabilidad individual, que construyan con libertad la ciudadanía y el ejercicio democrático” (Alfaro, 1995) Desde los primeros albores de la Revolución Francesa, la doctrina del contrato social ha entendido la importancia de la participación ciudadana en los asuntos inherentes a su propia existencia. Cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y cada miembro de esa sociedad intangible es considerado como parte indivisible del todo, por ello, un ciudadano debe ser capaz de defender y proteger, con toda la fuerza común, la persona y los bienes de cada uno de los asociados, pero de modo tal que cada uno de éstos, en unión con todos, sólo obedezca a sí mismo, y quede tan libre como antes. (Rousseau, 2008). Este principio ha sido moldeado a la nueva civilización bajo el esquema de la universalización y acceso abierto al escenario público por autores como Jürgen Habermas y Apel. El auge de Internet como medio de participación en los asuntos propios de la actualidad informativa, ha propiciado el crecimiento del periodismo ciudadano, como plataforma libre de expresión, opinión y crítica. Alejado de una relación de dependencia de las empresas de comunicación social, el periodista ciudadano es capaz de presentar a su audiencia su visión de los acontecimientos, aunque igualmente alejada de la imparcialidad, como cualquier actividad humana que involucre el proceso comunicativo, perceptivo y perlocutivo. El periodista ciudadano, al carecer muchas veces de instrucción en la ciencia comunicativa, suele empíricamente asociar los elementos informativos con una dosis de opinión, lo que genera de primera mano una mayor tendencia a la subjetividad. Igualmente, al no tener remuneración
económica por su trabajo, puede ser intermitente o incluso desaparecer al cabo de algunos meses de la vox populi virtual. La clave es educar en comunicación, apoyando la tesis que presentase Agustín García Matilla, profesor titular de Teoría y Técnica de la Información Audiovisual y Co-Director del Máster en Televisión Educativa de la Universidad Complutense de Madrid: “(…) Se necesita una educación de las competencias expresivas imprescindibles para su normal desenvolvimiento comunicativo y para el desarrollo de su creatividad, así como ofrecer los instrumentos para comprender la producción social de la comunicación e información, saber valorar cómo funcionan las estructuras de poder y sobre todo, entender la apreciación del mensaje con suficiente distanciamiento crítico, minimizando así los riesgos de manipulación informativa (…)” (García Manitlla, 2001) Además, educar en comunicación significaría aún más darle un sentido lógico al alcance de una democracia plena, en el entendido que democracia no es sólo tener cierto margen de libertades políticas y civiles, sino permitiéndole a los ciudadanos tener una vía de acceso expedita a una información que permita tomar decisiones fuera de los intereses de un difuso colectivo que tenga valores disímiles a los de la sociedad. Es necesario igualmente fomentar el nacimiento de instituciones que garanticen y velen por el contenido de los medios, que promueva la participación de todos los factores y comunidades, que limite el espectro de los monopolios y cadenas de información, que dé prioridad al empleo de periodistas y productores independientes, que involucre a la academia en sus planes de monitoreo, que no descuide la regionalización de la información y que sirva de paladín de una sociedad justa, democrática y participativa. Estas instituciones, además de velar por el correcto uso del espectro radioeléctrico y las informaciones, deben hacerlo con prevalencia a la necesidad de abrir espacios en la comunicación, como fundamento de una democracia plena, la formación de una conciencia ciudadana, de la divulgación de los valores que nos son propios y a retomar una cultura de paz, alejada de cualquier interés particular o de las “fábricas de opiniones” (Klumpp, 1997)
Deben repensarse entonces los medios como un servicio público de divulgación, como pilares fundamentales para una sociedad democrática y una cultura fomentada en valores. Estos servicios tienen una enorme trascendencia e impacto en materia social, cultural, política, económica; que con el modelo del “mercado de la información” o la “competencia de informaciones”, no se hace más que reiterar la manipulación informativa (Klumpp, 1997) La importancia de la información veraz, oportuna y precisa en la formación de las personas es incuestionable. En el fenómeno de la comunicación, a través de estos medios, participan distintos actores sociales, donde se incluyen los prestadores de servicios de divulgación, los anunciantes, las personas que emplean el medio para difundir sus mensajes y sus audiencias. Por esta razón, no se puede entender que la responsabilidad de la desinformación recaiga bajo ningún concepto en el individuo, sino que al intervenir varios elementos sustantivos en el proceso comunicativo, hace colegiada la responsabilidad de asumir informaciones como ciertas. Los que tienen acceso al podio discursivo social de nuestra vox populi moderna tienen que brindar algún sentido tolerable de la realidad, aunque también deban inculcar las opiniones adecuadas, por lo que es de comprender que la desinformación crea el caldo de cultivo exacto y necesario para una sociedad de cómplices, de consumo; en donde las crisis empresariales, políticas y económicas son vistas como accidentales y en la cual las audiencias, por antonomasia carentes de participación crítica, apoyan con su silencio las medidas que les afectan para mantener el sistema intacto. Sin embargo, el consenso comunicacional no se logra a la luz de críticas o simplemente abriendo las puertas de los medios a quienes quieran o tengan algo que decir. George Kennan ya había mencionado que la racionalidad no es común, sino que es un don que sólo unos pocos tienen, mientras que el resto de las audiencias se guían por sus emociones, por reacciones frente a las informaciones; por ende, aquellos que tienen la capacidad lógica son capaces de crear ilusiones necesarias y simplificadas para que el resto de la masa receptora lo comprenda. Es la cultura comunicacional y democrática, es la apertura de las verdades del sistema, es un proceso educativo crítico el que indudablemente creará mejores audiencias, más participativas, más racionales y menos expuestas a verdades modificadas o alteraciones de la información.
Conclusiones 1. Dado el carácter crítico de la relación entre medios y sistemas políticos, es conveniente que desde el ámbito de la comunicación, se fomenten valores democráticos, un auténtico diálogo público en la sociedad, que genere una cultura de la cooperación y la solidaridad social frente al individualismo y la desmovilización anómica que está produciendo, en el actual contexto social, la cultura mediática. 2. Se constata hoy que las funciones y el tradicional ámbito de libertades que en términos democráticos siempre ha contenido significativamente la noción de ciudadano se está diluyendo en beneficio de un concepto alienante y empobrecedor que iguala a cada sujeto con un potencial agente de consumo. Resultado de los procesos de concentración y privatización de la comunicación, la educación y la cultura, el ciudadano de hoy está perdiendo sus espacios de encuentro y consenso social para replegarse en la lógica restrictiva y tautológica de la racionalidad instrumental, por la cual se impone el fin sobre los medios, sustituyéndose el homo sapiens y el homo faber por el maquinal homo consumens. A tal punto que cada vez resulta más necesario reivindicar el concepto de ciudadanía para, de manera efectiva, poder dotar de contenido las acciones dialógicas y comunicacionales, de participación real y democrática, del nuevo sujeto de la posmodernidad frente al solipsismo delirante de la comunicación como dominio. 3. Es imprescindible, el fortalecimiento de la sociedad civil favoreciendo una nueva comunicación ciudadana que reconozca la inteligencia, soberanía y el poder de autodeterminación del público, a nivel individual y colectivo, en cuanto sujetos capaces de construir y desarrollar creativamente el conocimiento y el saber social a partir, o al margen de, los medios de comunicación colectiva en la apropiación y reconocimiento de su propia identidad cultural. 4. Ante el proceso de liberalización privativa de las comunicaciones y de la crisis irreversible de los modelos clásicos de titularidad pública de los sistemas de información, es necesario reconocer que hoy ha llegado el momento de establecer nuevos modos de participación en los medios por parte de los ciudadanos. 5. La globalización y liberalización cultural y comunicativa requiere, a nivel transnacional, una nueva cultura de la responsabilidad informativa, dada la naturaleza perversa a que está tendiendo la concentración multimedia de los grandes trust que invaden las fronteras
estatales y subsumen las identidades y la independencia cultural de las regiones y comunidades locales en la estructura narrativa de un metarrelato homogéneo y unidimensional. 6. Se ha superado la etapa en la que se destinaban mensajes indiscriminados a un público uniforme. La creciente maduración en el conocimiento y uso de los medios supone la transformación de la masa en grupos sociales. Tales grupos se articulan en función de su identidad, sin embargo, las minorías sociales continúan sin una representación y acceso consecuente a los medios de comunicación social, por lo que urge una política cultural basada en el pluralismo lingüístico y en la diversidad discursiva de las culturas plurales que atraviesan en la actualidad las grandes metrópolis multiétnicas. 7. La profesionalidad de los informadores resulta cada vez más necesaria, y es preciso profundizar en su identidad, su formación y su especialización.
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